lunes, 9 de febrero de 2015

La Persuasión Americana


Rodar una película de noche es costoso y arduo, y si escribes un guión con muchas secuencias nocturnas situadas en exteriores, cualquier productor te tirará el libreto a la cabeza, con la intención de que elimines el noventa por ciento de esos escenarios o bien te dediques a otro menester.
Pero el mundo, las vidas y, sobre todo, las camas también transcurren de noche.
Preguntemos a los americanos, que lo saben todo y siempre ganan dinero, ¿cómo rodáis de noche?
En el cine clásico, creaban la ilusión, desplegaban la persuasión. El diafragma de la cámara se cerraba y el día quedaba registrado con una tonalidad de azul, que simulaba una noche lunar.


Es lo que se conoció en Europa como "la noche americana", porque podía pasar desapercibida a los espectadores entregados a la historia, pero cualquiera, simplemente mirando la imagen, era capaz de percibir que aquello estaba filmado durante el día.
Simular lo suficiente y aspirar a ahorrar, así se las gastaba - y se las gasta - el Imperio.
Hay algunas películas con una "noche americana" tan extremada y mal conseguida que es difícil averiguar si es día o de noche. 
El caso de "Johnny Guitar", donde la luz cambia de plano a plano, es para pensar si Nicholas Ray decidió olvidarse de las coordenadas temporales y todo lo que sucede en ella es un sueño.
La respuesta no está sino en la estrechez presupuestaria.


Como muchas cosas del cine clásico, la "noche americana" fascinó a los jóvenes directores de la Nouvelle Vague, que la veían como esa prueba de artificialidad que tiene el primario disfrute de las películas. 
Bien deberías saber que François Truffaut nombró así una de sus obras más queridas que trataba precisamente sobre la loca creación del cine, o el definitivo arte de la simulación.


Con los avances técnicos, las cosas han perdido rudimento, pero no toda la artificialidad, ni las ganas de ahorrarse cuatro duros, especialmente en épocas de crisis.
Por ejemplo, rodar dentro de un coche sigue siendo muy difícil, porque, por asuntos fotográficos, la imagen de una cámara habitual se queda en verde. 
Desde el cine clásico hasta las sitcoms más actuales, se monta a los actores en un coche inmóvil y se les coloca una pantalla por detrás. 
El efecto salta a la vista y, de alguna manera, la persuasión americana hace de las suyas: no dejarás de ver una serie porque el croma sea de lo más cutre.


La imagen digital también ha ahorrado muchos dólares a Hollywood. Antes para hacer una escena de masas en exteriores, había que contratar a figurantes, vestirlos y darles de comer. Ahora todo lo hace el ordenador. No hay que construir ni un decorado. 
Aún así, lo digital canta una barbaridad y, año a año, las películas que lo emplean - y abusan de él - envejecen con rapidez, técnica y visualmente hablando. 
Pero que el cutrerío de la industria más lujosa es la mayor de las paradojas amanece más que nunca en ese bebé de plástico que acuna Bradley Cooper en "American Sniper". 


La película es una oda al americanismo en muchas cuestiones y, en ese bebé de atrezzo, es un canto a su material favorito. 
En cualquier caso, es inexplicable para un drama de cacareado prestigio. ¿Nadie se percató del gazapo? ¿O les dio igual? 
Pese al bebé de plástico, "American Sniper" ha arrasado en taquilla en todo el mundo. Objetivo conseguido.
Para Hollywood, es esencial que sus flamantes productos arrasen en todo el mundo. El mercado nacional ya no es importante ni decisivo y habría que preguntarse si lo fue alguna vez. 
En los últimos años, muchas grandes producciones, más americanas que el chicle, han tenido una tímida acogida en casa y han salvado el honor de la industria con su paseo mundial. Ese paseo que también es instrumental en todas las facetas del poder de Estados Unidos.
El cine norteamericano es imperial de facto y está en crisis cuando sus países clientes también lo están. Los dividendos son menores porque el euro está de capa caída y se nota en los barómetros. 
Con las películas que compiten por los Oscars, hay caras largas y sensación de desastre, porque la mayoría no están cumpliendo con las billonarias expectativas, aun siendo unos éxitos tremendos. Porque no es el éxito tremendo, sino la pegada brutal de fin de semana lo que busca Hollywood. No quiere "Boyhood", que va despacio pero segura, sino "El Hombre de Acero", que se asegura el billón el viernes y nadie la recuerda el lunes.
Quizá por esa desconfianza ante la carrera de las películas oscarizables, la industria ha colocado en medio uno de sus últimos artefactos: ese engendro mecánico llamado "Cincuenta Sombras de Grey".
Cualquier persona sensata echa un vistazo al libro adaptado y dirá: "esto es una mierda, pero una mierda con avaricia".
También habrá muchos que no entiendan el fenómeno - ese concepto que se aplica de manera socorrida a aquello de lo que no se para de hablar - y dirán: "el sadomasoquismo es más viejo que la tos y este libro no tiene ni puta idea de lo que está tratando".
En cualquier caso, el artefacto ha conectado con un público. Ha efectuado ese chispazo eléctrico, ese que ha permitido que la cosa conozca unas ventas descomunuales y ahora su adaptación cinematográfica reviente las salas de manera muy previsible.
Precisamente en una sala de cine andaba yo el pasado viernes para el reestreno de "Alien", obra capital de cuando el cine norteamericano aún confiaba en la calidad para vender sus productos y de cuando Ridley Scott no había perdido todas las neuronas.
Como los clásicos nunca mueren y está de moda revisarlos en pantalla grande, fuimos todos a ver "Alien", aunque la hayamos visto mil veces.
"Alien" fue el mayor hit de 1979 - tú habías nacido, yo no - y, en los pasillos, se veía el cartel del título destinado a ser el mayor hit de 2005, "Cincuenta Sombras de Grey".
En su cartelón, los dos protagonistas a punto de besarse. El sexo vende, rezan todos los comerciantes antes de dormir.
Atentos al tagline: "Pierde el control".


Las mujeres que han entrado en conexión con esa historia fantasean con esa pérdida de control, ese mismo control que se les exige, no sólo en sociedad, sino para con ellas mismas. 
Para todos los seres humanos, nuestros deseos más privados se fundamentan en perder nuestros asumidos papeles. Y Hollywood, que coquetea con el porno desde hace mucho tiempo, lo sabe.
La condición pornográfica de la persuasión americana es vieja, pero no conoce vergüenza ni límite. Está todo el rato instigando la interrupción momentánea del control de marras a través de productos que se dicen trangresores o que implica desobediencia echarles un simple vistazo.
Porque, para mí, ese "Pierde el control" del cartel viene a decir otra cosa: "Pierde el control, Josito, y paga por ver esta basura". You know you want it.
Esa disposición a lo malo, decadente o tan comercial que apesta a aceite quemado se etiqueta con aquello del "placer culpable", pero también se vincula con la curiosidad por el objeto de lo que todo el mundo habla, para bien o para mal. 
- ¡El fenómeno! - gritó alguien y la gente aplaudió.
Es la faz del capitalismo interiorizado: consumir compartidamente. 
- Todos los niños lo tienen, tus padres habrán de comprártelo.
La necesidad de participar en modas o compras masivas explica mejor los dividendos de "Cincuenta Sombras de Grey" que todo lo que cuenta o deja de contar esa cochambre literaria. A medio camino entre levantar el morbo del personal y la anulación de cualquier opinión autónoma del comprador, se hace el negocio de la década.
Aún así, Hollywood no quiere que "Cincuenta Sombras de Grey" sea el hit de 2015. Quiere que sea uno de los cincuenta hits de 2015.
A razón de capitalismo salvaje, unos productos tienen que hacer sitio a otros, de manera sucesiva e imparable. No importa que se note el croma, el bebé de plástico o que los dos actores merezcan ser lapidados a Razzies, el próximo fin de semana estrenamos otra y el mundo entero irá a verla.
¿Por qué el mundo entero va a verla?, se preguntan curiosos y afectados. 
Sería preguntar por qué son el Imperio, por qué renuevan su influencia en imágenes, sonidos y estilos, por qué marcan el paso en tantísimas cosas. 
Por qué han hecho que las palabras, los sentimientos, las declaraciones de cualquier tipo suenen mejor en inglés. 
El otro día leí a una de las fans del señor Christian Grey defender la saga, refiriéndose a ella como "Fifty". 
Y yo estuve a punto de titular este post como "American Persuasion", porque pensé, en un principio, que quedaba mejor.
El Imperio se fundamenta en opresión y dominio, sí, pero también en la perpetua venta de sus insinuantes marcas, firmas, sonoridades y sagas. 
Esos nombres que se enredan en caligrafías glamourosas, en fondos con colores básicos, en promesas de esplendor. Somos mejores que tu pueblo, somos mejores que tú, ven hacia la luz de los más guays del planeta.


No será el producto en sí lo que de el puñetazo definitivo, sino el paquete, la sobreexposición y, en películas y libros, la continuación.
Todos los "fenómenos" - incluido ese "Fifty" - tienen varios capítulos y se disparan a lo largo de los años para acrecentar aún más el beneficio. En tiempos recientes, hasta la adaptación fílmica de la última parte prefiere dividirse en dos.
Los seguidores se sienten satisfechos del mismo modo que yo me siento complacido cuando hinco los dientes en una Whopper. Nadie te engaña: comes justo lo que has pagado. 
Y si nos ponemos bordes, también tienes lo que te mereces. El sabor del capitalismo, el gusto por el envase y el olor de la nada. American persuasion. 
Lo rodamos de día, pero es de noche porque lo digo yo.


Ejemplo socorrido de persuasión americana es una película de los ochenta: "Oficial y Caballero", por entonces el no va más de lo picante, que arrasó comercialmente.
El sexo vende, sí, más entre aquellos jóvenes Richard Gere y Debra Winger, pero también vendió el modo en que Hollywood remozó una basura retrógrada, sacada de su baúl de los años cincuenta.
A gran parte de la crítica de entonces se le subía la bilis al atestiguar el éxito de un melodrama que pregonaba las bondades del militarismo y la importancia de tener novio.


El secreto residía en que el director Taylor Hackford había hecho su trabajo, que no era otro que convencer que lo viejo parezca nuevo.
La última venganza es que la película se ha convertido en un clásico o, al menos, un emblema de su época, y si te pilla con el pie cambiado, hasta que puede que te emocione más que cualquier otra. Es la persuasión americana. 
Pierde el control, vuelve a las cavernas.
Como miraba el otro día por mis viejos Fotogramas de los noventa, mucho me consta que no hay ni habrá muchas películas en estas últimas tres décadas que hagan como "Oficial y Caballero": superar su estatus de fenómeno insensato y devenirse en cosa entrañable.
Quizá porque ya lo que se hace ni es viejo ni nuevo ni se llama a Taylor Hackford. No es necesario, porque ahora en Hollywood todo se centra en la campaña de marketing y en dejarse los ojos en las fluctuaciones de las Bolsas europeas. Y mucho me consta que muchas cosas se hacen malas adrede y/o sin ninguna intención de trascender, incluso aunque ganen Oscars y aplausos de la crítica.
Pierde el control, reza la publicidad. 
Me pregunto si perder el control de verdad será no pagar por lo que he pagado antes, ahorrarme el disgusto, pasar de largo y rezar porque hagan su trabajo, dejen de timar a la orbe entera y empiecen a perder esa capacidad de convicción que los mantiene en el pedestal.
Que se prefiera ignorar o relativizar un verdadero - y continuo - timo es la última victoria del estafador.
Lo dicho: la noche americana ahora no es más que pura sombra.

miércoles, 4 de febrero de 2015

Sinatra


Fue un verdadero huracán, que vivió entre las tormentas de su personalidad y todo lo que rodea a un hombre cuando se convierte en una institución. 
En medio de las inclemencias, de algún modo irónico, la voz de Frank Sinatra siempre se las arreglaba para salir pura, perfecta, en su justa medida, con una serenidad tan reconfortante como esplendorosa.


Hablar de este caballero es mencionar uno de los capítulos más apoteósicos del negocio del espectáculo norteamericano, ese show business que sería menos sin Sinatra. 
Él, como buen tozudo, se decía capaz de hacerlo todo. Además de ser el más glorioso de los cantantes, también quería desazonar al mundo entero en los más escalofriantes dramas del cine. Solo o con ayuda de otros, se salió con la suya una y mil veces.
Decía Ava Gardner que la tenía muy grande y la historia de Frank Sinatra - como la de muchos hombres - fue la de demostrarlo.
Con sus ojos azules, su frente con visos de ampliarse y su encanto callejero devenido en trajes de tres piezas, Sinatra pasó de ser un ídolo de matinée a una estrella indiscutible y, en el camino, terminó por convertirse en una marca, en un estilo. 
Desde su sombrero ladeado a sus melodías que ponían la clase en clásico, Frank todavía vende la imagen de lo impecable, de lo bon vivant, de lo cool. 
Cuando se sintoniza con una de sus canciones, aún Sinatra quita la cursilería a lo cursi, mientras su sonido habla de un milagroso intermedio entre la tradición y la personalidad.


Entre lo que traía consigo el viejo Frankie y lo que se tropezó por los tortuosos caminos del estrellato, había quien ni se atrevía a saludarlo.
Dice su hija Tina que su padre era un bipolar sin diagnosticar, lo que explicaría porque en un segundo estaba de buenas y era el más generoso de los extraños y, al minuto siguiente, con la mínima contrariedad, demostraba un carácter horrible que se dijo tan leyenda como sus logros artísticos.
Como todos los irrebatibles, sus sombras y nieblas aparecieron para dudar de su historia de éxito, especialmente en el capítulo de cierta novela, luego convertida en película.
Pero, cabezas de caballo decapitadas o no, Sinatra venció por el empuje de los que saben lo que quieren y se mantuvo porque como actor era inmenso y como cantante, ya se sabe, era la Voz.


El mundo italoamericano vio nacer a uno de sus hijos más queridos en el barrio Hoboken de Nueva Jersey, de padres católicos e inmigrantes. 
Su padre saltaba de oficio en oficio, mientras su madre sacaba unos dineros extra con la voluntad de vestir a su hijo como un dandy.


Francis Albert rememoraría su infancia como la jungla de un barrio desfavorecido, donde lo apropiado era contestar con un puñetazo y lo soñado era hacerse rico para salir de aquel atolladero.
Desde niño, se subía a las mesas y cantaba por propinas. 
Entre sus primeros oficios, se encontraba remachar aviones, pero sus ansias de volar más alto no tenían nada que ver con la aeronaútica.
Ambicioso y despierto, aprendió música de oído, sin preparación, y toda su juventud se emplazó a una carrera que se decía lenta, pero segura hacia los escenarios.


Los comienzos arduos dieron frutos en la década de los cuarenta, cuando el bandleader Tommy Dorsey lo solicitó como cantante. 
Fue el paso decisivo y el billete a la popularidad, pero Dorsey lo tenía bien atado en un contrato de por vida. 
Aún así, la colaboración sólo duró dos años, al término de los cuales el contrato se evaporaba, en uno de tantos momentos de la carrera de Sinatra que han levantado cejas de suspicacia.


Lo importante era que Sinatra escalaba en radios y corazones. Las adolescentes se compraban sus discos y empezaron a volverse majaretas por el joven, carismático cantante de los ojos azules, la pajarita y la voz de oro. Sinatra se hacía el ídolo de las bobby-soxers, tal y como llamaban a las niñas de los años cuarenta.
De hecho, aquellos fueron los primeros ataques de histeria mitómana que registraron los medios, por lo que puede decirse que Frank inventó el fenómeno fan.


La prensa lo vendía como el chico malo de las calles que se había reformado con una carrera de provecho, pero, sobre todo, con una buena esposa. 
Aparecían las fotos de Frank con su esposa Nancy y sus tres hijos. La postal de una familia americana para tiempos que arreciaban guerra.


Frank no pudo cumplir en el ejército por problemas auditivos, pero se vistió de marinerito de permiso en sus primeras películas de éxito, al lado de Gene Kelly.
Fueron "Levando Anclas" y "Un Día en Nueva York".
Aunque Gene le robaba el show sin pestañear, el público agradecía el momento en que la cámara se centraba en Sinatra y el muchacho derrochaba esa voz varonil y seductora, con el Technicolor bien a punto para el azul de sus iris.
En esos dos musicales, Frank ya demostraba lo buen actor que era: al fin y al cabo, de soldadito virginal y con problemas para ligar, nunca tuvo demasiado.


Esa época conoció la llegada de Sinatra a las ondas, que iba desde la balada hasta el swing y siempre con el ritmo de las grandes orquestas.
En cualquier caso, hacia el crepúsculo de la década, decreció la efervescencia de su persona en los gustos del público. De ser el favorito, dejó de ser una novedad.
Aún así, su popularidad, sus tendencias políticas y la evidente envidia que suscitaba en tantos le pasaba peaje cuando las columnas de cotilleo escribían que Ava Gardner era una destrozahogares.
La esposa de Sinatra había soportado las infidelidades de su marido, pero el asunto Ava fue el acabóse y pidió el divorcio.
Quizá temiendo la ruina de sus respectivas carreras en función del escándalo, Frank Sinatra y Ava Gardner se casaron. 
Tratar de hacer doméstica una relación tan pasional como la suya fue un error desde el primer día. "La amo y Dios me maldiga por ello", dijo Frank en una ocasión, con una síntesis perfecta de su vida con Ava.


Unida a las tormentas íntimas, la ruina de la carrera de Sinatra se decía imparable. Las cuerdas vocales sufrieron una sangría que sonaba a fatalidad y el cine ya no depositaba grandes esperanzas en el muchacho que empezaba a ser un hombre.
"De Aquí A La Eternidad" se hizo la obsesión de Sinatra. Quería el papel del soldado Maggio. Y, contra todo pronóstico, lo consiguió. 
Se ha dicho mucho sobre la verdad detrás de esa decisión de casting, aunque la más fidedigna versión fue que Ava Gardner suplicó a Harry Cohn, jefe de la Columbia, que fichara a su marido.


Frank se entregó al personaje de Maggio y concedió mucho de su auténtica personalidad al papel del soldado de indomable carácter y terrible suerte. 
La audiencia se emocionó por primera vez con Sinatra como actor dramático, las críticas fueron favorables y la Academia afirmó con un Oscar lo que se ha llamado la resurrección artística más espectacular de la Historia.


En el país de las segundas oportunidades, Sinatra volvía con venganza.
Su estilo de actuación improvisado e intuitivo se decía de impacto.
Aún más potente que Maggio, fue su Johnny Machine de "El Hombre del Brazo de Oro", pionera ocasión en que la heroinomanía hacía acto de presencia en las pantallas de Hollywood.


A la vez, se hacía con vehículos musicales como "Pal Joey", quintaesencia de su nuevo personaje, directo, sin pretensiones, sombrero a punto y camino hacia delante cuando las cosas no funcionaban.
Su aspecto en "Pal Joey" vislumbraba también su reconquista del universo musical, cuando firmó con Capital Records y la colaboración de Nelson Riddle proporcionaba un lado más trepidante a sus canciones.
El matrimonio con Ava no duró, como era de esperar, pero Sinatra entraba en los sesenta con mucho más que el pie de una celebridad.
Frank Sinatra era un poder.


La prensa conservadora lo tenía en la diana desde hacía años por sus simpatías democrátas y su lucha enconada por los derechos civiles de los afroamericanos.
Se escribía por primera vez que había conexiones mafiosas detrás de los momentos clave de la carrera de Sinatra, desde la ruptura de aquel contrato con Tommy Dorsey hasta su Oscar por "De Aquí a la Eternidad".
Hoover lo había señalado como el enemigo a derribar y el FBI tenía un voluminoso dossier con sus actividades.
La paranoia de Sinatra era explicable en un mundo donde volaban los enemigos. 
Más enemigos se granjeaba cuando presentó una cena baile sólo posible en Hollywood para el candidato más glamouroso, John F. Kennedy, a quien Frank y sus amigos entregaron en bandeja de plata la circunscripción electoral de Chicago, dicen que dicen las leyendas. 
Kennedy se hizo presidente, pero, enterado de los chismes sobre los padrinos de Sinatra, lo relegó en favor de Bob Hope.


Sinatra, dolido, se apartó entonces del Partido Democráta y sus inclinaciones políticas se trocarían más conservadoras con el tiempo.
En aquellos sesenta, se casó con Mia Farrow, por entonces actriz en ciernes, de sólo diecinueve años. El matrimonio fue muy sonado y ellos lo pasearon por fiestas y programas de televisión, pero apenas duró dos años, por culpa de la imperiosa necesidad de Sinatra por controlar la carrera de Mia.
En 1962, Frank brindaba una película memorable sobre la conspiranoia, eso que él también conocía.
Se llamaba "El Mensajero del Miedo", en cuyo plató nació una divertida amistad con el bisexual Laurence Harvey, al que Frank no dudaba en llamar Ladyboy y a quien confesó añorar tras su muerte.


Su reinado en nightclubs y platós de Hollywood se identificaba entonces con el grupo de compadres artísticos, que se llamó Rat Pack. 
Es decir, Dean Martin, Peter Lawford, Joey Bishop y Sammy Davis Jr, con los que compartió escenarios, canciones, más de una película y fiestas bien regadas de todo. Se iban de gira y no volvían.


Si había que hacer parada, era en Las Vegas, donde Sinatra ofrecería los conciertos más importantes de las décadas siguientes.
A lo largo de los setenta, Frank anunciaba retiros, que se salpicaban con apariciones, entrevistas, premios y algún que otro hit, que le daba más alas a su figura. Sus conciertos no terminaban sin "My Way", pero tampoco podían olvidar "Strangers In The Night" o "New York, New York".
A semejantes personalidades les queda el capítulo de la duda, que, para Frank, apareció escrita en la novela "El Padrino" de Mario Puzo. 
Un cantante, de nombre Johnny Fontaine, acude al gran mafioso para que resuelva su ruina en la industria; consigue un papel importante cuando el jerarca del estudio amanece con una cabeza de caballo decapitada en su cama.
Sinatra se puso como un basilisco, más aún cuando lo vio en imágenes en la célebre adaptación de Coppola, y tanto él como sus hijos mayores se han pasado media vida negando cualquier vinculación con la Mafia.
La ventilación del dossier del FBI evidencia los contactos, pero de un modo ocasional y práctico. Sinatra tenía miedo, muchos enemigos y una creciente paranoia. Acudir a los "chicos listos" fue una cuestión de supervivencia.
En uno de los pasajes, además se vislumbra que Sinatra pidió al FBI colaborar como informante para desmantelar al crimen organizado.
Ni marinerito dorado ni correveidile de Lucky Luciano. Digamos que usted encontrará al verdadero Frank Sinatra en el medio de ambos extremos.
Pese a la exposición de sus pecados, algunos ciertos, otros exagerados, Sinatra se las cobró con esos eternos retornos que se centraron en la música y lo demostraban como un abuelo en plena forma. 
Pese a que su última década fue un continuo susto en cuanto a su salud, restaban las ganas de volver a Las Vegas y sus discos conocían una vida inmejorable en las nuevas generaciones.


Que un día moriría lo sabía, especialmente cuando se apilaron las enfermedades, regresó el cáncer, se subió la tensión arterial, se cancelaron todas las apariciones.
De la mano de su cuarta mujer, Barbara, el médico informó al viejo Frank que tenía que luchar. Pero el infarto le dio la estocada al más duro en su lucha decisiva.
"Estoy perdiendo", dijo para despedirse a los 82 años. 
El Empire State Building se llenó de azul, el funeral se abarrotó de amigos y, en la lápida, puede leerse aquello que prometía una de sus canciones: "Lo mejor está por llegar".


Considerado por muchos como el mejor cantante de la música popular estadounidense, Frank Sinatra es un sonido para acompañar la propia existencia, si esa existencia se busca elegante, sentimental y desbordante de todo lo que brilla de verdad en esta vida.
Sea con sus viejos y crepitantes éxitos en gramófono o sus showstoppers de los últimos años, la Voz es una odisea por la clase y el estilo, de un modo tan accesible como exuberante.
Y el Frank detrás de la Voz, ese genial, contradictorio, avasallante de talento y carácter, es una imagen de la que cuesta sustraerse.
Una mirada la de Sinatra, que es puro cine. Esa que espera ser devuelta y no se marchará hasta conseguirlo.

viernes, 30 de enero de 2015

Pelocracia


Esta historia del pelo debe comenzar por una peluquería.
Sucedió esta misma tarde. Yo, sin camisa, boca abajo en una camilla, y el tirón de la cera depilatoria. Aaaaay.
- ¿Cómo he llegado hasta aquí? - pensé.
Oh, la pregunta de todo ser humano. ¿Cómo he llegado hasta aquí? Los pelos también se lo preguntarán al verse adheridos a las pegajosas tiras. En un instante, pasaron de mi epidermis a la basura. Pobres pelos. 
- ¿Cómo he llegado hasta aquí?
Para responder, hay que entender que la historia de mi pelo es la Historia del pelo.
Los seres humanos son animales - y lo demuestran a diario, en su vertiente bestias -, y, en algún lugar de nuestra genética, quedó el revestimiento térmico del vello y el cabello. 
Ni los monos ni los perros tienen conciencia de lo peludos que son. Lo valoran cuando los inviernos son menos inviernos y sufren cuando se llenan de parásitos o cuando el día de calor es insufrible.


Esas angustias también forman parte de las cuitas humanas en torno a los pelos, pero no son las únicas. El pelo es una obsesión íntima, es una muestra de estatus, es un derroche de estética, es algo que se quita, se cae o se voluminiza. Quítame allá esos pelos, pero ponme un moño como Barbara Parkins, por favor.
Desde el cabello hasta el vello púbico, desde los bigotes a los pelos del culo, lo piloso preocupa e inquieta. 
Es también un festín para el sexismo. Si un hombre a se le cae el cabello o tiene demasiado vello, se le disculpará o, a lo sumo, se le llamará descuidado. 
Si una mujer no tiene un pelazo bien peinado y limpio en la cabeza, si se deja crecer algo de vello en alguna otra parte del cuerpo o si tiene un bosque por donde mora Venus, es una cochina y/o una persona de la que reírse. Y si la pobre se queda calva, que se suicide, pero con la peluca puesta.


El pelo es una obsesión para las mujeres y lo ha sido históricamente. 
Cambiarán las estéticas y los valores, pero una mujer de buen cabello y nulo vello es lo que se entiende por una mujer. Y, para que una mujer se convierta paradójicamente en una mujer, debe depilarse o disfrazar las evidencias de que ella también desciende de la mona. Y toma tiras de cera sobre esos cuerpos, que han venido a este mundo a sufrir. Quítame allá esos pelos.
De manera más calmada, el pelo también es quimera para los hombres. De entrada, se perdonan las entradas. Los machotes tienden más a la alopecia, mientras el resto del cuerpo permanece bien provisto. De hecho, los tipos más velludos son los que más se quedan calvos. Lo que no quiere decir que la calvicie preocupe; desde los bisoñés hasta los más peripatéticos peinados, todos tratamos de cubrir el paso del tiempo y lo que el pelo se llevó.
Los hombres son seres de pelo y sólo en épocas recientes se les ha asignado la posibilidad de depilarse o, al menos, recortarse esas pelambreras.


En cierta década ominosa, la publicidad sentenció que tener mucho pelo era cochino y antiestético y, como jovenzuelo de los noventa, yo crecí en una época donde los torsos se reclamaban tersos como el culito de un bebé.
Las barbas y los bigotes también han tenido su Historia. Desde ser signos de virilidad a reliquias del pasado, o simples muestras de desaliño. Afeítese, hombre, que va a una entrevista de trabajo. La cara se llena de espuma y se afila la navaja.
Quíteme esos pelos, sálveme esos otros, así es la vida.
La gente sueña con pelos ajenos, con moños de otras épocas, con ideales de cabello. Por ejemplo, yo siempre he llorado por no tener un pelo como Christian Bale. Para mí, es el mejor pelo de todos los tiempos, porque es generoso, brillante y se peina con una mano.


Pero no todos somos Christian. A los mortales se les riza el pelo, se les carda, se les debilita de puro lacio, se les encrespa, se les llena de grasa o se muere y cae de tristeza. 
Cuando una persona se estresa, el pelo de la cabeza dice adiós. Cuando deja de estresarse, el pelo no vuelve.
El cabello es el oro. Se valora más por su excepción: es más débil, más pasajero y más a la vista de todos. El vello, por el contrario, es lo que nos iguala a los animales, es lo que escondemos bajo la ropa y, a diferencia del cabello, nunca se va. Tiene una resistencia equiparable a las dudas que tienen los humanos sobre él.
¿Es sucio el vello? En épocas de pelocracia, el mundo vuelve a decir que no. El vello siempre fue bello. Para los hombres, claro.


Las evoluciones depilatorias en los hombres y su rápida corrección tienen un ejemplo perfecto en nosotros, los gays y nuestras cuitas estéticas. De los bigotes setenteros a las fotodepilaciones noventeras, cambió el canon. De Tom Selleck a Apolo, el ideal era otro. Muchos no sólo se depilaban todo el cuerpo, sino que también atacaban las cejas con pinzas. Durante cierto tiempo, usted podía identificar la orientación sexual del caballero si le daba un extraño aspecto de Ken alienígena. Generalizando, por supuesto.
A continuación, ha sido al contrario. Si un hombre se depila las cejas, es probablemente heterosexual y/o firme candidato a algún programa televisivo de búsqueda de pareja.
La necesidad de que el hombre también se limpiara de pelo fue un apaño de la industria cosmética para acercarse a un nuevo público a lo largo de la citada década de los noventa y así convertirlo en la pareja perfecta de Barbie.
En esa disyuntiva, crecí yo y creció mi pelo. Qué difícil es la pubertad. Cuando me llené de pelos, cuánto sufrí, cuántas dudas, cuánta aflicción.
En aquellos tiempos, no me gustaba el pelo en los hombres. 
Sí desarrollé cierta atracción por los sobacos peludos y cuando un caballero subía el brazo y enseñaba la poblada axila, es probable que guardase bien la imagen en mi memoria para acompañar la próxima paja.


Pero el pelo en el pecho me parecía un espanto, quizá porque la publicidad jamás lo contaba.
Cuando a mí me salió el vello corporal a los quince años, estuve pensando seriamente en afeitármelo todo. No fue el único sitio. Los huevos ya eran un jardín piloso, de entre los sobacos asomaban sus vecinos y ya llevaba dos años afeitándome el bigote.
Lo peor fue el momento Cronenberg que paso a describir.
Tras un día de mucho sol y quemadura en un parque acuático, quedaron como testigos unas manchas a la altura del hombro izquierdo. 
Tintada la piel, comenzó a salir pelo de ahí también. ¿Hombros peludos? ¡Horror, horror! ¿Qué diría la gente? 
Me afeité esos pelos del hombro y me crecieron más, fuertes, duros, como cañones. Esos pelos, que hasta en estas épocas pelocráticas, no se ven en ningún sitio. Hablo de los pelos de la espalda, los pelos de los hombros. 
Y, desde el día en que quise matar a esos pelos y vinieron sus primos a cobrarse la venganza, yo también me tumbo en la mesa depilatoria y la cera, año tras año, los debilita, los aplaza. 
Porque, sí, yo tengo pelo en todas las partes del cuerpo.


El primer pelo en el pecho que me gustó no salió en la televisión, sino que se divisaba en mi clase del instituto. 
Era un chaval que tenía quince años y andaba hecho un hombre de tan peludo. Estaba buenísimo y el modo en que se le asomaban los pelos por la camiseta fue la manera en que me enamoré de los hombres muy velludos. 
De no gustarme, pasaron a encantarme y a olvidar que alguna vez no me deleitó su simple visión.


La hirsutofilia, o amor por los cuerpos peludos, se encuentra registrada como fijación en Wikipedia. La cosa hirsuta llama al sexo, porque allá donde hay pelo, hay mucho olor, y, claro, como una moto todo el personal. También, de manera estética, da la imagen de un hombre muy machote, que además ha superado esa década horrible de los noventa y se acepta tal y como es. Cuenta el proverbio que aceptarse es sexy.
Yo, que he sido un hirsutófilo tanto tiempo como he sido cinéfilo, no sabía si los pelos y mis pelos gustaban a los demás.
He oído a muchas mujeres repugnarse por el vello de los tíos y a una amiga he visto con pinzas depilándole los cuatros pelos del pecho a su novio. Estuve a punto de denunciarla por criminal, pero, en cambio, dejé que hiciera lo propio con mis pelitos del hombro.
Para gustos, hay mujeres con buen gusto y me consta que a la mayoría les gusta un torso peludo más que comer con los dedos.


Sucede igual con los gays que pasamos de Apolo a Ben Cohen y de ahí no nos movemos. Cuanto más vello y más aspecto de mono, mejor. En realidad, era un secreto que ahora se ha descubierto: nos gustan los hombres, no las estatuas neoclásicas.
El aspecto más unánimemente admirado por mis compañeros de cama ha sido mi pelo en el pecho. Un caballerete me registró en su móvil bajo el nombre de "Jose Pelitos" y otro, cuando me quité la camiseta, dijo:
- Eres como un regalo de Reyes.
Más tarde, se mostró dubitativo de un modo sublime, cuando me dijo:
- Ay, no sé si correrme en tu barba o en tu pecho.
El pelo abundante da morbo y caché. Si tienes en el pecho, llámame, porque ya me gustas.
Las barbas también han adquirido mucho predicamento en los últimos años y está muy de moda lucirlas, a lo salvaje o bien recortadas. 
Tono vikingo, llamada de la selva o manera de ocultar que no eres muy guapo.


La industria estética da pasos hacia los pelos y algunos hacia atrás. Todavía el exceso es considerado una cosa fea por algunos mierderos y a los tipos muy velludos suelen hacerles esos trimmings, que, a veces, son un poco criminales. 
Otros se depilan para que se note más la definición de sus músculos, y cuando la cosa se quiere familiar, limpia o bajo un extraño concepto de star-system, vuelven las cabronas epiladys.
La erotización colectiva sigue siendo tan machista que piensa que, para que un hombre resulte sexy y bello, la respuesta es feminizarlo, hacerlo bonito, quitarle el aspecto de mono.  


Ay, la pelocracia, qué gran invento. 
Esta tarde yacía reposado sobre la camilla de la peluquería para el ritual periódico de la depilación de la espalda y los hombros. En realidad, no sé por qué lo hago. 
Será porque, pese a que soy el más hursitófilo, también temo a los excesos y a esos pelos de atrás que nunca salen en las películas o porque todavía tengo el temor lejano de la pubertad remota. Oh, ¿qué pensará la gente? Ah, ¿qué pensarán ellos?


Muchas depiladoras de mi vida me han recomendado la luz pulsada para eliminarlos por completo y ahorrarme la cera, esa cuyo dolor equivale en ocasiones a sacar en un segundo un montón de cuchillos que no sabía tenía clavado.
- Así se te van del todo, hombre, y no tienes que andar con este sufrimiento.
De algún modo, no quiero que se vayan del todo. Quizá porque me definen de un modo íntimo. Era lo que me acomplejaba, lo que resolví con una primera tarde en la peluquería y lo que, al final, da igual. Voy cuando me acuerdo, por tradición. Y me aferro a ellos porque son yo. Porque espero el día en que otro caballero los bese y diga: me gustan, no te los quites más, me correré sobre ellos.
El vello es bello, sí, mide el calor que tenemos y el amor que buscamos.
Quíteme esos pelos, sálveme esos otros, así es la vida.

martes, 27 de enero de 2015

Yo y El Guionista


Por lógica cartesiana, ahora tendría que estar escribiendo la prometida novela, esa que arrase con los corazones del mundo, pero, por ilógica montezca, me he refugiado en mi otra pasión: historiar mi existencia y la de los demás. 
Otro día más, entre recuerdos y archiveros encontrados en armarios, he hallado un tesoro de tesoros: números antiguos de la revista Fotogramas. De mediados de los noventa, nada menos.
Todavía con una presencia estimable en kioscos, la revista Fotogramas es la más antigua de las publicaciones periódicas sobre el audiovisual en España y su primer número conoció una fecha tan remota y significativa como 1946. 
Sin embargo, su éxito se aceleró hacia finales de los ochenta cuando empezó a revelarse como un trasunto de la internacional Premiere, ese magazine que combinaba la comercialidad de los últimos estrenos con retrospectivas cinéfilas y mucha erudición.


Revisando esos noventeros Fotogramas, comprendo el amor que le tenía a esa revista que me inició al cine. Indicaba donde estaba el buen camino y todo aquello que dije el otro día sobre la creación del buen gusto. 
Fotogramas era una buena brújula. Imperfecta, sí, vendida al bombo de algún que otro éxito cantamañesco, también, pero la mezcla heredada de Premiere era perfecta. Fotogramas era entonces una revista ideal de cine.
Lo mejor eran las generosas columnas de Mr. Belvedere y El Sobrino, enigmáticos críticos que respondían bajo seudónimo a la correspondencia de los lectores. Tenían mucho sentido del humor y se complementaban de manera deliciosa. 
Era una gozada leerlos y ha sido el doble de placentero volver a esas líneas, algunas grabadas en la memoria por aquello de la iniciación.
Al parecer eran Jaume Figueras y Daniel Monzón quienes se ocultaban bajo los seudónimos. Figueras sustituía al original Mister Belvedere: José Luis Guarner, fallecido y muy llorado por los tiempos en que empecé a comprar Fotogramas.
Más que esas columnas, lo que yo devoraba con un ansia canina eran las minicríticas de Jaume Genover sobre las películas que emitía Televisión Española. Eran mi credo. Ahora las leo y no me gustan demasiado, además de que comparto poco más de la mitad de sus opiniones, pero, sin duda, El Tercer Secreto no sería nada sin esa escuela oficiosa de comentario preciso.
De manera lamentable, las columnas de Belvedere y El Sobrino fueron reduciendo su presencia en la revista, mientras las críticas de Genover desaparecieron por completo.
Fotogramas primaba su lado de escaparate, de grandes titulares, mermando poco a poco sus rincones especiales. 
Creo que la seguí comprando hasta 2006, pero dejé de leerla muchísimos años antes. No sé cómo andará ahora, aunque cualquier publicación escrita cuenta con la desventaja de los nuevos tiempos, rápidos e inmisericordes. 
Antes era la Biblia, ahora lo sabemos todo antes que ellos.


Podría hablar de aquellos tiempos prepúberes de 1994, del arrobo cuando veía una foto mínimamente erótica o de que no conocía a nadie más que comprase esa revista. 
Pero hoy prefiero hacer Historia. Han pasado veinte años para Hollywood, para España y para mí.
La revista es un panorama de muchas cosas que dejamos atrás. El laser-disc, los anuncios de tabaco, llamar buena actriz a Winona Ryder. 
En pequeñas notas, hablan de "la red Internet". Y, de manera pionera, anuncian su primera página web en un número de 1996.
Todas esas revistas me han dado una buena imagen de los noventa, una década que, a pesar de todos los testimonios documentales, está menos estudiada y entendida que la Edad Media. 
En realidad, se la recuerda recapitulativa y descafeinada. Sin duda, lo era. También fue una ideal cerradura para el siglo XX, porque se acrecentó la obsesión magna de la centuria. Es decir, la incensante búsqueda de la celebridad.
Con el asomo de Internet, la proliferación de CD-Roms y la puesta a flote de una constelada comunidad de cinéfilos, se vislumbra que, ante todo, fue una época decisiva para la historia de la comunicación. 
Pero no para el cine.
Recordamos grandes películas de los noventa, pero un vistazo a esos Fotogramas resulta estremecedor, en el sentido de la cantidad ingente de títulos que se estrenaron con mucha expectación y, triunfaran o fracasaran, se han borrado de la memoria por completo. 


Yo, que soy una Espasa andante, me he sobresaltado en más de una ocasión: "Coño, ¿y esta película? ¿Por qué nunca más se habló de ella ni se pasó por la tele ni se reivindicó?".
Si nos retrotraemos a esos años, pareciera una broma pesada que "Dos Tontos Muy Tontos" quedara más en el imaginario colectivo que "Quiz Show", aunque también resulta hoy de justicia divina que aquella pequeña "Antes del Amanecer" sea un clásico y nadie se acuerde de la hiperpromocionada "Un Paseo Por Las Nubes". 
Y cualquiera sonríe con deliciosa maldad ante el hecho de que "Showgirls" levante pasiones y "Pena de Muerte" resulte una cosa muy, muy lejana.


En el caso del cine español, mi estremecimiento es doble y hasta triple. Esos mediados de los noventa se rememoran como una breve era de esplendor. 
El boom, como todos los booms, es bastante supuesto, efímero y muy relativo. Y se dilucida al contemplar que la práctica totalidad de las películas estrenadas en esos años están olvidadas. 
El alud de producción del cine español de esos años puede echarse de menos hoy con toda justicia, pero, a ojos sabios, era disparatado y desproporcionado.
En una de sus columnas, la revista Fotogramas publica la lista de unos guiones subvencionados por el ICAA. Ninguno de esa lista llegó a producirse jamás.
Así mismo, el magazine informa de rodajes de muchos títulos que no vieron ni la luz de un estreno.
Otras películas, protagonizadas por actores y actrices que saltaban de rodaje a rodaje  - María Barranco llegó a intervenir en siete películas en un año - tenían unos resultados de taquilla inexistentes y, aún así, el ritmo de producción continuaba.
La revista celebraba los éxitos - "El Día de la Bestia" o los Almodóvar, por ejemplo - y perdonaba los fracasos, pero, a propósito de éstos, también sus columnistas se atrevían a incidir levemente en la clamorosa ausencia de un mínimo estudio de mercado.
La insensata metralleta de producción, que devenía de la pervertida cultura de la subvención, encuentra su espejo en las fotos de los saraos de las celebrities patrias que, por entonces, sencillamente, no paraban. Galas, presentaciones, estrenos, fiestas, aniversarios. 
He ahí una buena imagen de la cultura del pelotazo, disfrazada de renacer del cine español.


Por entonces, era un paraíso dorado de desarrollo económico, orgullo cultureta e infinitas posibilidades y resulta entrañable que la revista denuncie las primeras intentonas políticas de barrer los privilegios. 
En cuestión de veinte años, ese sistema de producción ha desaparecido. Se ha llevado lo malo y lo perverso, pero también la posibilidad de lo bueno. A pesar de que ese boom fuera tan relativo, es innegable que proporcionó más de una joya para el recuerdo.   
Estos Fotogramas que he revisado, entre la nostalgia y la intriga, informaban del anuncio de un rodaje decisivo para todos - "Tesis", de Alejandro Amenábar - y una edificación importante para otros tantos, incluido servidor: el regreso de la Escuela de Cine.
Con respecto a "Tesis", diremos que no sólo inició la carrera de Amenábar, sino que puso de moda otra carrera. Parte de la película está rodada en la Facultad de Comunicación Audiovisual de la Comunidad de Madrid. 
Tras la notoriedad que adquirió "Tesis", Comunicación Audiovisual se convirtió en una de las carreras más demandadas y codiciadas por toda una generación, que veían en ella el sueño del siglo XX. Celebridad, siempre celebridad.
Años después, Comunicación Audiovisual adquiría la reputación de ser la carrera perfecta para dar un billete directo a la cola del paro hasta al más entusiasta de sus alumnos.


La Escuela de Cine de Madrid (ECAM), por el contrario, era la Tierra Prometida. Era más difícil de entrar en ella, más cara y más nutrida de profesionales. Era más posible que nos colocase allí donde todos queríamos estar.
En el momento de su fundación, se llenó de caras conocidas como profesores, aunque los que anduvieron por sus pasillos con mayor permanencia eran los mismos señores que hablaban por entonces en las tertulias de "Qué Grande Es El Cine". 
Su director - también comentarista para los debates de Garci - era Fernando Méndez-Leite, por entonces de buen año con su fina adaptación de "La Regenta" para televisión, protagonizada por la actriz española de moda: Aitana Sánchez-Gijón.


Cuando yo veía a Aitana en el Festival de San Sebastián, tendría unos catorce años y soñaba con andar por ese sitio lleno de cine y de promesas de celebridad, dulce celebridad. 
La Sánchez-Gijón decía en Fotogramas que su película favorita era "¿Qué Fue de Baby Jane?" y yo, que la había comprado por 1.495 pesetas y la había visto casi el mismo número de veces, no podía estar más de acuerdo.  
Pasaron los años. Ni Aitana ni Winona estuvieron a la altura de las grandes esperanzas. Muchas cosas se desvanecieron, otras permanecen. Volver a ver esas revistas es saber del misterio que tiene la vida, en general y el negocio del espectáculo, en particular. 
Pasaron los años, pasaron diez años.
Cuando terminaba la carrera de Historia, allá por 2003, me descargué un programa que prometía el Trivial Pursuit. 
Se llamaba TrivialNet y, a la vez, tenía un chat para hablar con los otros jugadores. 
Yo entré en el Canal Cine, por supuesto. Estuve a punto de borrar el programa, porque no me gustó la idea del chat. Al final, no lo hice.
TrivialNet me cambió la vida.
Conocí a mucha gente, algunos que aún considero amigos y más de una que todavía lee estas líneas, todos los que supieron de Josito21 antes que fuera Josito Montez. En ese chat, hubo peleas, reconciliaciones, amistades, enemistades y más de un lío amoroso. Era un manicomio divertídisimo.
Para lo que hoy me ocupa, diré que también entraban un par de tipos que habían estudiado en la ECAM, esa de la que informaban mis viejos Fotogramas en artículos que nunca leí. Yo no tenía mucha idea de esa escuela. Ni mucho menos de que, en cuestión de un año, estaría delante de Fernando Méndez-Leite.
Mis intenciones pasaban por estudiar Periodismo después de Historia, pero la ECAM era irme de Canarias, era la aventura, era el cine, era el sueño de Aitana Sánchez-Gijón en Donostia. Y, oh, guionista, estudiar Guión. Sólo 12 plazas, pero la posibilidad de escribir películas. 
El sueño era puro atolondre juvenil y la ejecución, más todavía, pero lo dicho: en cuestión de un año, llegué a la ECAM, hice las pruebas y cuando, en la entrevista de acceso, le dije a Méndez-Leite que no soportaba a Julio Medem, el señor puso una mirada como quien me coloca una metafórica alfombra roja para que entrase en sus dominios.
- ¿Escribes? ¿Existe el hábito de escribir? - me había preguntado otro de los entrevistadores.
- Sí - mentí. 
Mi único hábito verdadero por entonces era ver películas viejas y grabarlas, aunque no dudo de que siempre fui hábil con la escritura. Quiero creer que por eso entré en la ECAM.


Cuando yo estudié en esa loca, bendita Escuela, se cumplían diez años de su inauguración y, en muchos aspectos, se intuía la lenta caída hacia el desastre. 
El cine español estaba muy mermado y se hipotecaba a sus directores estrella, mientras había otros que seguían produciendo películas sin tener el más mínimo éxito, ni comercial ni crítico, pero a través del favor de las subvenciones.
Se nos prometió que la especialidad de Guión formaba bien y solía colocar a muchos ex alumnos en series de televisión, lugar donde había más trabajo y continuidad. El cine era más complicado, porque los directores solían escribir sus propias películas y/o ser completamente inaguantables para ingerencias. 
De todos modos, era difícil.
- Encontrar el primer trabajo costará. Conseguir el segundo, casi imposible.
Algunos de nuestros profesores pertenecían a las primeras promociones de la Escuela. Eran guionistas televisivos, intachables profesionales, pero con ese tono de grisura, impersonalidad y conformidad que rodea al desgremiado gremio. Se quejan mucho, no soportan críticas y así se hace lo que se hace, aunque no dudo de que me enseñaron buenas lecciones.
En cualquier caso, el futuro no era lo que decían, ni según agoreros ni según optimistas. 
En la ECAM, pasé los mejores y más divertidos años de mi época estudiantil, pero ni había trabajo para todos ni la formación era demasiado adecuada para lo siguiente. En ese sentido, era pura Universidad. 
Si me atengo a un nivel estrictamente creativo, adoro la ECAM, porque me espoleó a escribir todos los días y a buscar una personalidad artística. Si hablo de asuntos económico-laborales, jojó. 
Cuando estuve en la ECAM, ya no era la infranqueable Ciudad Esmeralda de antaño, esa a la que se presentaba media juventud para emular a Aménabar. Otras escuelas habían surgido, más baratas, que le hacía la competencia.
Pero aún tenía vida, esa que no encontré el día que volví a ella, muchos años después, cuando lo de ser guionista era sólo una respuesta socorrida cuando me preguntaban por mi profesión.
Con la crisis, no sólo se agravó la situación del cine español y se cerraron las puertas a los profesionales alevines, sino que la Escuela no volvía a ser la misma. Sólo una sombra sostenida. Ya no estaban los emblemáticos. Ni Méndez-Leite, ni Marisol Carnicero, ni Patricia Viada, ni Manolo Matji ni, ay, qué pena, Juan Miguel Lamet.
También había desaparecido la ECAM de mis amistades. Salvo honrosas excepciones, muchos compañeros demostraron ser muy poco compañerosos y muchos amigos, muy poco amigosos. En cualquier caso, no ha existido una mayor concentración de locos de atar que los que conocí en esa Escuela. No, el Trivialnet la supera.
Oh, tortuosa nostalgia. Al menos, se cumplió un sueño: encontrarme con gente que sabía de la revista Fotogramas.
- ¿Y a qué te dedicas? - así  me preguntaban los chicos que conocía en Chueca, mientras yo me entregaba al desenfreno, me olvidaba de mi inactividad, aplazaba mis mentirosos proyectos.
- Solía ser guionista. 
El pasado de la frase sonaba a un tiempo cada vez más vetusto. Pasaban los años y dolía más decirlo. Pasan los años y duele. Porque no es cierto, porque habla de cosas transcurridas, aún no cambiada por otras.


Sólo he trabajado en una ocasión como guionista. 
Sucedió el último año en la Escuela, cuando necesitaron un guionista alevín y poco exigente para reescribir desde Madrid una serie horrenda que esperaban emitir en la Televisión Canaria y cumplir con unas subvenciones otorgadas antes de las elecciones. 
Fue también mi primer trabajo, donde me explotaron a conciencia y lo abandoné casi al final, indignado con el trato del jefe hacia mí. Quizá ahora no lo hubiese dejado así, pero era bastante niño por entonces. No sé, todavía no tengo una opinión clara sobre si hice mal o bien. 
Tengo un problema serio con el respeto a la autoridad, especialmente si esa autoridad es muy tonta. Sí, la llevo clara y/o así resumo las escasas ganas que he tenido de trabajar en esta vida mía.
Después de esa primera experiencia, se me prometían más cosas, pero llegó la crisis del sector, previa al colapso general. Se dejaron de producir tantas series y yo no supe muy bien qué hacer. Supongo que me quedé rascado con la serie canaria y, de portarme tan bien y estudiar tanto durante años, me entregué a las noches de desvelo y al folleteo. 
Si escribiese unas líneas de guión sobre aquellos años serían:

1. INT. DÍA. CASA DE JOSITO. SALÓN

JOSITO ve series. JOSITO se va de fiesta.

Oh, cuánto tiempo sin escribir un Interior Día y una columna de acción. A lo largo del camino, no sólo restó la sensación de no conseguirlo, sino la verdad de no quererlo. 
Siempre dije que trabajar en una serie nacional no me llevaría a "Mad Men", sino a otra serie nacional y así sucesivamente. Quizá nunca quise ser guionista. Y, en realidad, no quiero, porque no me gusta la profesión. 
Recuerdo una señorita que quiso hacerme daño de un modo muy pueril espetándome: "Ibas para guionista y te quedarás en bloguero". Casi me despatarro de la risa. Le puedo asegurar que ser bloguero es muchísimo más gratificante y creativo que dedicarse al guionismo, cuya única - aunque decisiva - ventaja es la económica cobranza.


Jamás renegaré de los años en que he escrito posts y no diálogos, porque he aprendido a escribir y me he ganado un público, dos asuntos que jamás se consiguen detrás de un libreto, a no ser que te llames Charlie Kaufman. 
Ser guionista siempre ha sido una cosa muy complicada y ahora es una utopía. 
A propósito, en la Escuela de Cine, tuve la suerte de recibir una charla de un invitado de excepción: Rafael Azcona.
El gran guionista del cine español, pluma detrás de clásicas comedias negras como "El Pisito" o "El Verdugo", nos contó muchas cosas con su legendario sentido del humor. Y dijo algo que suscitó muchas risas.
- El guionista es un escritor frustrado. Nadie quiere ser guionista. ¿Se imaginan? Una madre le pregunta a su hijo: "¿Qué quieres ser de mayor?" Y el niño contesta: "¡Guionista!".


Azcona hablaba, en todo caso, de otra generación. Nuestra época siempre ha querido ser más guionista que prosista, porque piensa en imágenes y tiene una cultura íntegramente audiovisual. Crecimos en la era de la celebridad, la dulce celebridad, que no es más que imágenes disparadas con convicción. 
Y yo, ¿qué quiero ser de mayor? La prosa siempre me ha parecido más liberadora y con más infinitas posibilidades que esa constreñida y técnica redacción de los guiones, donde impera lo que no se puede hacer. 
Creo también que la dicha prosa se me da infinitamente mejor y es más posible progresar a diario. 
- ¿Escribes? ¿Existe ese hábito de escribir?
- Sí - digo y ya no miento.
Creo que no contestaré nunca más que soy guionista ni que solía serlo. 
Nunca lo fui, quizá porque no pude, porque me equivoqué, porque me dejé dormir en los laureles, porque tomé malas decisiones o porque todo lo que requiera un esfuerzo me implica el temblor de la inseguridad y el bostezo de la procrastinación. 
Sí, tal vez digo que no quiero ser guionista porque tengo que disculpar mi pereza, relativizar la mala suerte, conciliar el sueño.
Dormiré esta noche pensando en la respuesta de qué quiero ser mayor. Dormiré con la ilusión de que me espera algo mejor, algo más grande y de que tengo el talento para alcanzarlo
Dormiré, entre viejos ejemplares de Fotogramas, pensando que dos décadas no han pasado en vano, que no es demasiado tarde, que puedo empezar otra vez, como si tuviera catorce años, como si tuviera veintiuno, como si fuera capaz de llegar hasta los cien.
Dormiré esta noche con la lógica cartesiana de las primeras palabras de una novela, esas que vendrán mañana o no llegarán nunca. 
Dormiré con la verdad de que todo me hizo más fuerte, mejor, de que no me arrepiento, de que el esplendor estuvo en el propio viaje.
Y, si no despierto mañana, me iré con la alegría de que hoy puse por escrito que, más que nada, deseaba conocer el siguiente episodio de esta vida mía.